Tras años de desesperanza llegó un rayo de luz. Todo era felicidad, no existía el dolor. Ella sabía que eso no iba a durar eternamente, aún así se aferraba a ello como a su vida.
La vida tenía un color distinto, no había por qué preocuparse del futuro ni del pasado, tenía lo que siempre había deseado.
Sabía que iba a doler. Que le iba a desgarrar por dentro, que jamás sería la misma, nunca más, pero seguía mereciendo la pena. Siempre mereció la pena.
Pero en el fondo sabía que cuando has estado en el cielo, bajar a la tierra es lo más doloroso que te puede ocurrir.
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ResponderEliminarNos empeñamos en vivir el dolor como ajeno a la vida e incluso como algo ilimitable, mientras que para el goce de vivir encontramos demasiado fácilmente limites y cortapisas con la sentencia que todos usamos: "No puede durar" Todo esto es puramente cultural, cuestionable e incierto: el dolor es parte de la vida, es limitable y así hay que hacerlo y el disfrute no tiene porque ser tan efímero como queremos contarnos. Los brasileños no lo ven igual que nosotros, por algo será.
ResponderEliminarTienes mucha razón en lo que dices, siempre nos empeñamos en apartar el dolor nuestras vidas, y no nos damos cuenta de que sin el dolor no apreciaríamos las cosas buenas que tiene la vida.
ResponderEliminarMuchas gracias por tu comentario, un saludo!