Cuando a veces necesitas una palmadita en la espalda y nadie te la da, cuando esperas que alguien te diga que todo va a salir bien, o que simplemente te diga que va a estar ahí y no oyes ni un sonido saliendo de su boca, te das cuenta de que a veces estás sola, y que no puedes hacer nada por remediarlo. Aunque se supone que siempre hay una luz que nunca se apaga.
Esa luz a veces ni se enciende. Sola estarás siempre aunque no quieras verlo así. Si nada sale de su boca, no es un problema, es un hecho y como tal hay que afrontarlo. La palmadita en la espalda se agradece, pero lo realmente imprescindible es aprender de cuanto nos ocurre para estar más alerta en lo sucesivo. Aunque no respondas, ya ves que de vez en cuando, estoy aquí, pero quién ha de estar siempre eres tu. No es bueno esperar, mucho mejor resulta actuar, aún cometiendo errores. De ellos también se aprende. Y los toros... por los cuernos siempre, no hay que correr, sino encararlos, las vías de salida y crecimiento, haciéndolo así, siempre llegan antes y son más seguras. Un abrazo o una palmadita, como prefieras.
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